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Duelo infantil
Información general
El duelo es el proceso emocional que se atraviesa al asimilar la pérdida de un ser querido. En cuanto al duelo en adultos, la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross expone cinco fases del mismo —que no necesariamente se desarrollan en orden, ni son lineales— 1) Negación 2) Ira 3) Negociación 4) Depresión 5) Aceptación. Durante su transcurso, es normal que se experimenten sentimientos como la tristeza, el enojo, la confusión, la culpa, la ansiedad, entre otros. Si bien es una fase dolorosa e incómoda, es necesario que se afronte con cuidado y cariño para promover un manejo del duelo saludable, así como la superación satisfactoria del mismo.
El duelo en infantes pequeños suele ser más complicado y abstracto, dado que muchos no logran comprender de manera objetiva el concepto de la muerte debido al predominio de un pensamiento mágico propio de su edad y madurez, así como de sus capacidades cognitivas que están en desarrollo. Sin embargo, alrededor de los seis años en adelante, los infantes comienzan a ser más racionales y entienden que la muerte es un evento definitivo y corporal. Es a partir de este momento, que el proceso del duelo infantil se comienza a asemejar al que atraviesa un adulto (como el propuesto por Kübler-Ross).
¿Cómo acompañar a infantes en proceso de duelo?
Lo primero que se debe tomar en cuenta es que la muerte de un ser querido es un evento normal y natural de la vida, estigmatizar, minimizar o tratar de censurar el evento y las emociones que conlleva no es el acercamiento ideal al tema. Sin embargo, esto no implica una pérdida de tacto o crudeza innecesaria; los infantes que recién perdieron a un ser querido necesitan mucho amor, paciencia y empatía.
El duelo se transita con mayor facilidad en compañía, por lo que tener un grupo de apoyo —como la familia— es crucial. Escuchar con atención los sentimientos del infante doliente es de suma relevancia, ya que esto podría ayudar a disipar sus dudas e inquietudes sobre la muerte, así como encontrar un espacio seguro donde se pueda mostrar vulnerable sin sentirse juzgado. Dejarle llorar, sostenerle y hacerle saber que no está solo es muy reelevante, pues en nuestra cultura está normalizada la evasión e incluso la prohibición de este tipo de comportamientos (especialmente en el sexo masculino), sin embargo, esto solo resultaría contraproducente y podría fomentar el desarrollo de un duelo patológico y la perpetración del trauma.
En cuanto a los rituales de luto que se generan alrededor de una pérdida como misas, funerales y demás, es recomendable promover la asistencia del infante en duelo, sin embargo si este no quiere, tampoco se trata de forzarlo. De no asistir, se le podría explicar al infante en qué consistió el evento, para generar un acercamiento con la experiencia y ayudarle a entender su propósito y dinámica.
Cuando se pierde a alguien es normal que una sensación de vacío y profunda tristeza se filtre dentro de los corazones dolientes, esto se podría convertir en un ciclo vicioso de sufrimiento del cual es difícil salir. Por eso mismo es conveniente promover actividades recreativas que ayuden a liberar parte de la tensión y depresión que el duelo podría generar, sin evitar el afrontamiento y sanación del duelo. Realizar dinámicas divertidas al aire libre, jugar, dibujar, colorear, leer y cocinar son algunas de las actividades que el infante doliente podría realizar en compañía y con supervisión de sus seres queridos; promoviendo así el seguimiento de una vida proactiva y feliz, a pesar de lidiar con un duelo de manera paralela.
Es importante promover la aceptación de emociones negativas, sin importar la edad de quien las experimenta. La frustración, la incomodidad, la tristeza, el enojo y el dolor son emociones que —por lo regular— nadie quiere ni disfruta experimentar, sin embargo, al igual que las emociones positivas, son naturales y necesarias para el desarrollo, crecimiento y aprendizaje de cualquier ser humano; y el duelo en un infante no es la excepción.
Créditos
Ilustración
Animación
Programación
Historia
Diseño de personajes y escenarios
Sonorización y música
Aranza Velázquez Moreno
Asesorxs de tesis
Programación
Gerardo Vidal Arellano
Desarrollo
Roberto Cabezas Hernández
(Director de carrera)
Escrito
Ana Rosa Gómez Mutio
Sonido
Ana Malitzín Cortes García
Narrativa
Fernanda del Monte Martínez
Aquella nublada mañana en una casita en las profundidades del bosque, la pequeña Vulpina despertó.
La habitación estaba tan fría que su nariz se había humedecido y su cuerpo temblaba con ligereza. Salió de su rincón habitual, somnolienta y silenciosamente.
Mientras sus patitas hacían contacto con el suelo frío y duro, se dirigió al cuarto de sus padres para poder acurrucarse con su mamá, pues era una costumbre que ambas conservaban desde que era muy pequeña.
Sin embargo, al llegar a la habitación se encontró con que estaba vacía.
Buscó por toda la madriguera. En el cuarto de baño, la cocina y en la sala, pero no había nadie.
Confundida, Vulpina decidió acurrucarse en el sofá y se cubrió con una cobija, esperando a que regresaran sus papás.
No era tan cálido ni tan suave como el refugio que le otorgaban los brazos de su madre, pero definitivamente era mejor que nada.
Al poco tiempo, su padre entró a la casa, cabizbajo y con un aspecto muy desmejorado. Parecía como si no hubiera dormido ni comido por días enteros.
—¡Papá, mamá! Al fin llegaron.
Vulpina dijo sonriente mientras se incorporaba en el sofá, pero al ver que su padre cerró la puerta detrás de él antes de que alguien más entrara, una expresión de confusión ocupó la cara de la pelirroja.
—¿Y mamá..?¿Ella cuándo regresará?— añadió Vulpina, frotando su pequeña nariz con la esperanza de calentarla un poco.
Papá tomó un respiro y se hincó frente a su pequeña hija, poniéndole una pata en el hombro.
—Mi pequeña… mamá no volverá a casa, pues su corazoncito ha dejado de latir— le respondió su padre y una cristalina lágrima corrió por su mejilla.
—De ahora en adelante seremos sólo tú y yo. Y ahora más que nunca, debemos permanecer unidos.— trató de animarla, sobándole la cabeza.
El estómago de Vulpina dio un pequeño vuelco, sintió como si de repente el peso del mundo entero le hubiera caído en el pecho, pero, por alguna razón, las palabras de su padre no la convencían.
Es decir, apenas la noche anterior su mamá se despidió dándole un beso de buenas noches; ella no podía creer que alguien pudiera dejar de vivir así como así. Así que Vulpina sólo se quedó callada y fijó su mirada en el suelo.
—Estaré haciendo los preparativos para una ceremonia muy especial en la que nos despediremos de mamá. Por lo pronto, tú descansa, hija.
Le dijo su papá antes de darle un beso en la cabeza y cubrirla bien con la cobija. Después se dirigió hacia su taller.
Aún sospechosa de las palabras de su padre, la pelirroja esperó a que su papá se ocupara en sus asuntos y decidió salir a buscar a su mamá.
Ella tenía que regresar. Quizás le estaban jugando alguna broma pesada o quizás su papá confundió a alguien más con su mamá. Tenía que encontrarla.
Vulpina tomó su mochila, se puso la bufanda de su mamá y salió corriendo para emprender la búsqueda, empezando por la casa de la señora Osa.
Vulpina tocó la puerta vigorosamente y Osa le abrió la puerta, esbozando una amigable sonrisa.
—Buenos días, Vulpina ¿qué te trae por aquí tan temprano?— saludó la osa.
—Busco a mi mamá. ¿Sabes a dónde se fue?— respondió Vulpina.
—No, me temo que no… pero puedes pasar a tomar una taza de té. Hace demasiado frío afuera.
Agachando su cabeza, Vulpina aceptó la invitación y se sentó en un banquito. Mientras Osa estaba de espaldas preparando el té, Vulpina pudo notar una cicatriz en la espalda de la señora Osa.
—Osa ¿qué te pasó en la espalda?— preguntó con confianza.
La osa volteó para servirle su té, y respondió:
—Me astillé con un árbol hace un par de días. Yo no me alcanzo la espalda, así que tu mamá me ayudó a sacarla.
Vulpina le dio un pequeño sorbo a su té, disfrutando del calor que este le otorgaba.
—Todavía tengo la astilla, quizás eso te ayude a encontrar a tu mamá.— la osa le ofreció, extendiendo con su pata una pequeña varita de madera.
Vulpina la tomó y la olfateó un poco, reconociendo el sutil aroma de su mamá, eso tendría que ser una señal; si su aroma seguía ahí ¿por qué su mamá no lo estaría?
De igual manera, el recordar la ausencia de su madre también hizo más presente la urgencia de su misión. Ya tendría tiempo para tomar el té después.
Así que guardó el pequeño trozo de madera en su mochila y se bajó del banquito.
—Lo siento, tengo que irme. Necesito encontrar a mi madre— dijo Vulpina, poniéndose su mochila de nuevo.
—Aunque sea llévate un bocadillo.— señaló la señora osa, apenas tomando un par de frutas, pero antes de que pudiera ofrecerle alimento alguno a la pequeña Vulpina, esta ya había salido corriendo del lugar.
Corriendo a toda velocidad por el bosque, Vulpina trató de buscar el aroma de su mamá.
La astilla que le había dado Osa había sido de gran ayuda, pero afuera en el vasto bosque era difícil encontrar su rastro de nuevo.
Creyendo haber olfateado su esencia con más fuerza, Vulpina se dispuso a cruzar un tronco que atravesaba el salvaje río. El tronco era delgado y endeble, pero la necesidad de encontrar a su madre era mucho más grande que cualquier peligro.
Con mucho cuidado, Vulpina empezó a cruzar sobre el tronco mirando la brusca corriente de agua debajo de ella y los peces saltarines. Eso le causó algo de vértigo y sintió sus rodillas cada vez más temblorosas y débiles.
A pesar de un par de tropezones, Vulpina no perdió el equilibrio y pudo cruzar sin hacerse daño alguno, liberando un profundo suspiro por su gran hazaña.
De pronto… ¡bang! un sonido tan estruendoso como un relámpago hizo eco en todo el bosque, haciendo que Vulpina buscara refugio sin pensarlo dos veces.
Tras el sobresalto, rápidamente se escondió entre los arbustos, muy calladita y con sus orejas agachadas.
No dejaba de estrujar la bufanda entre sus pequeñas manos, pues el miedo la sobrepasaba y sentía que su corazón latía tan fuerte que cualquiera que estuviera cerca podría escucharlo.
Una ráfaga de viento acarició su rostro y el aroma de su mamá se hizo más fuerte que nunca. Incapaz de contener su emoción y alivio, la pelirroja pegó un brinco para salir del arbusto, con sus brazos extendidos.
—¡Mami!— gritó, pero en lugar de aferrarse al suave y cálido cuerpo de su madre, se encontró con la pierna de un humano alto y fornido, que sostenía una larga escopeta.
Vulpina empalideció y sintió una ola de escalofríos recorrer su cuerpo. El cazador volteó rápidamente y apuntó su arma hacia ella.
Vulpina cerró sus ojos lo más fuerte que pudo, pero no escuchó un segundo disparo, sino un grito de dolor emitido por el humano. De repente, sintió un brusco empujón que la forzó a abrir los ojos de vuelta.
—¡Corre Vulpina, corre!
Escuchó una voz familiar decir. Era su amigo Ciervo, quien la arrastró un poco hasta que ella empezó a correr por su propia cuenta. Escucharon un par de estallidos de pólvora, pero cada vez se oían más lejos.
Una vez que llegaron a un lugar seguro, ambos amigos jadeaban e intentaban recuperar el aliento.
—¿Cómo lograste herir al humano?— le preguntó, sorprendida de que ambos se hubieran librado de un problema tan gigantesco.
—Usé una resortera.— le respondió su amigo, enseñándole el artefacto de madera y elástico. —Me la dio tu mamá cuando era pequeño, para que pudiera defenderme.
—Sí, puedo notarlo.— dijo Vulpina, tomando la resortera con aires de tristeza y nostalgia, sin embargo apreciando los vestigios de su olor aún presentes.
—Por cierto, busco a mi mamá ¿sabes a dónde se fue?
—No la he visto, lo siento.— dijo Ciervo, rascándose la cabeza. —Pero, si planeas seguir buscándola, mejor quédate con la resortera. Quizás la necesites más que yo.— añadió alzando ligeramente los hombros. Vulpina esbozó una pequeña sonrisa y guardó la resortera en su mochila, junto con la astilla.
— Gracias por salvarme, te debo una.— le dijo a su amigo.
Y tras un amistoso choque de puños, la zorrita retomó su camino por el bosque.
Atravesó colinas floreadas, cuerpos de agua, y riscos rocosos, pero aún no había rastro de su madre y Vulpina estaba cada vez más cansada, y peor aún, desesperanzada.
Con desánimo, dejó su mochila caer sobre las hojas secas del otoño y se sentó en el suelo.
—¡Auch!— dijo una voz chillona, cuando debajo de las hojas salió Conejo, haciendo a un lado su mochila.
—Disculpa, no te vi, Conejo.— dijo Vulpina, apenada, mientras su amigo se sobaba la cabeza.
—Está bien, no pasa nada. ¿Qué haces por aquí? Tu madriguera no está tan cerca— de un salto, su amigo se sentó al lado de ella.
—Busco a mi mamá ¿sabes a dónde se fue?— Vulpina le preguntó a su amigo, presionando su estómago con las manos, cuando de repente, este emitió un largo rugido.
—No, no he visto a tu madre, Vulpina.— le contestó el conejo —Pero quizás sería bueno que comieras algo.
Deprisa, su amigo entró a su madriguera y salió con una bandeja llena de pastelitos de zanahoria. —Come los que quieras, son la receta de tu madre.
Vulpina agradeció con una tímida sonrisa y tomó uno de los pastelillos. Lucían y olían delicioso, pero al darle una mordida, sintió como si la garganta se hubiera convertido en un apretado nudo.
Sin duda alguna el sabor era idéntico al de los pasteles de su madre, pero eso la hacía sentir incómoda y más sola que antes.
—Gracias Conejo, pero tengo que irme, necesito encontrar a mi mamá.— Vulpina se levantó y guardó el pastelillo en su mochila, antes de seguir la caminata a través del oscuro bosque.
La noche fría y silenciosa ya había caído y, con el paso del tiempo, se hacía más difícil encontrar pistas sobre el verdadero paradero de su madre.
Desesperada por tomarse un descanso, la pelirroja alentó sus pasos hasta detenerse por completo.
De pronto, un ulular singular llamó su atención, pues la señora Lechuza había descendido de su nido para postrarse en una rama cercana.
—Buenas noches, mi niña.— le dijo el ave blanca. —¿Qué te trae por aquí?
—Busco a mi mamá, pero no la encuentro por ninguna parte. Tú que eres la más sabia de todo el bosque, Lechuza, ¿sabes a dónde se fue?— Vulpina le preguntó con anhelo, acercándole a su amiga la mochila que cargaba con el aroma de su mamá.
Los grandes y oscuros ojos de la lechuza dieron un breve vistazo a la mochila, pero pronto volvieron a enfocarse en Vulpina. No le tomó mucho tiempo elaborar una respuesta, pues pronto le respondió:
—Quizás está donde siempre se ha encontrado.— dijo Lechuza, ofreciéndole una sonrisa. Pero al notar la evidente confusión en el rostro de la pequeña Vulpina, añadió —Es tan sólo cuestión de tiempo para que tú lo puedas ver también.
Vulpina suspiró. En efecto, todavía no lograba comprender a qué se refería la blanca lechuza, pero confió en que sus palabras siempre eran sabias y certeras.
Ya era tiempo de acabar con la búsqueda, y durante unos largos minutos, la lechuza guió y acompañó a Vulpina sana y salva de vuelta a su casa.
Al llegar, se dio cuenta de que su padre y el resto de sus amistades también estaban ahí; llevaban fotos, alimentos y demás artefactos que les recordaban momentos gratos y a la dulce memoria de la mamá de Vulpina.
Alentada por la suave caricia de un ala de la lechuza, Vulpina sacó los objetos que traía en su mochila y los acomodó junto con el resto de los artículos, al lado de luminosas velas y coloridas flores.
Con todos esos seres, figuras y memorias reunidas, fue entonces que Vulpina por fin comprendió las palabras de Lechuza.
Con los ojos llenos de lágrimas, la pequeña Vulpina corrió hacia los brazos de su padre, quien la sostuvo en un acogedor abrazo protector.
—¿Encontraste lo que estabas buscando?— le preguntó su papá —Sí…— Vulpina contestó —en todas partes.
FIN.